

Cori DOERRFELD
Cuando su espléndida construcción de cubos se derrumba de repente, Camille se siente abatido. Uno a uno, los animales desfilan para intentar consolarlo: el oso le aconseja que deje estallar su ira, la gallina que pase rápidamente a otra cosa... Pero Camille no quiere hablar, ni gritar, ni recordar, y se queda solo. Llega entonces el conejo: no habla, no da consejos... Se acurruca contra Camille y lo escucha con paciencia y atención. Tranquilizado por esta presencia benévola, el niño encuentra entonces el valor de dejar hablar su dolor...
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